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Amal Abdulá

36 años, este de Alepo (Siria)
"Solo aspiro a ser una chica normal"

“He vivido toda mi vida en la parte este de Alepo. Era muy bonito. Nos ayudábamos los unos a los otros y nos iban bien las cosas. Pero entonces empezó la guerra y todo cambió; la vida que teníamos se desvaneció. En julio de 2012, las autoridades nos dijeron que debíamos evacuar el barrio o atenernos a las consecuencias. Me trasladé con mi familia al centro de Alepo, donde teníamos parientes, pero mi padre decidió quedarse en casa. De vez en cuando volvía al barrio a verle y a recoger algo de ropa, pero era peligroso. Había bombardeos y combates, circulaban pocos coches y no había luz ni agua.

La noche del 1 de agosto, volvía a casa con mi primo cuando cayó una bomba cerca. Vi el destello y oí la explosión. Alguien nos arrastró dentro de un edificio pero no quisimos quedarnos allí porque teníamos un pariente que vivía cerca. Entonces cayó una segunda bomba y cundió el pánico: todo el mundo corría y gritaba, había heridos en el suelo... Nos refugiamos en un primer piso y me senté a esperar. De repente vi una luz intensa y escuché una fuerte explosión. Yo estaba totalmente consciente y gritaba, no sentía ningún dolor; vi muerta en el suelo a la mujer que hacía un momento estaba a mi lado. Me envolvieron en una manta y me llevaron en ambulancia al hospital de campaña de Abdul Aziz. Allí me dieron un anestésico y trataron de detener la hemorragia. La fuerza de la explosión me había lanzado contra la pared. Me había roto el hueso del codo; la metralla casi me arrancó una pierna y me alcanzó en un brazo, el pecho, las costillas y el abdomen.

Desde allí me trasladaron a un hospital público. Fue un viaje agitado y peligroso: había bombardeos y yo seguía sangrando. Volvieron a operarme: la intervención duró 10 horas y después estuve inconsciente durante cinco días.

Cuando me dieron el alta, no había ningún lugar seguro al que ir. Tenía una lesión ósea grave, pero mi mayor problema era que tenía miedo. Cada vez que oía aviones me empeoraba el dolor. Han pasado cuatro años y me han operado 20 veces. En el hospital de cirugía reconstructiva de MSF en Ammán he estado un año: me han hecho injertos óseos y, tras la recuperación, ya casi estoy lista para el alta hospitalaria. Camino con muletas y tengo una articulación artificial en la mano, por lo que ahora puedo moverla normalmente.

Sufro por las personas que se han quedado en Alepo. Solo aspiro a ser una chica normal, con una vida como la de antes. Me siento afortunada por haber tenido tan buena atención médica y solo espero poder recuperarme del todo”.

Como Amal, hay más personas que nos necesitan.